jueves, noviembre 06, 2008

Con Televisión no hay paraiso

BUTÁN / LA TELE ACABA CON EL PARAÍSO
LA TELE ACABO CON SHANGRILA
Fue el primer periodista en contar la llegada de la televisión a Bután, un reino perdido en el Himalaya. Tras siete años, ha regresado y descubre que ya no es el paraíso: violencia, drogas, divorcios... Hasta el rey cambió: abdicará y está dispuesto a que el pueblo suprima la monarquía. «No puedo asegurar que el heredero no sea un mediocre», dice
DAVID JIMÉNEZ. Enviado especial a Bután
/ NACHO ALCALÁ
/ NACHO ALCALÁ

El piloto de la línea Druk Air pide a los pasajeros que no se alarmen mientras esquiva los glaciares eternamente nevados del Himalaya e inicia la aproximación al aeropuerto de Paro. Es un descenso de vértigo en el que el avión se abre paso por los huecos que van dejando las montañas, planeando sobre valles sin nombre y aldeas perdidas. Así es Bután: el viaje ha merecido la pena antes de haber llegado; antes de marcharte ya estás pensando en volver.

Y, sin embargo, no estaba seguro de querer regresar nunca al Reino del Dragón del Trueno tras visitarlo por primera vez hace siete años. El país me pareció entonces tan inmensamente bello, el empeño de sus gentes por vivir aislados del mundo tan extraordinariamente terco, que temía encontrarme un lugar diferente al que guardaba en la memoria. ¿No sería mejor mantenerlo allí, a salvo de la decepción de las segundas partes?

El motivo de ambos viajes a Bután ha sido el mismo: el rey Jigme Singye Wangchuck. En 1999 asistí al 25 aniversario de su coronación y a la llegada de la televisión a uno de los últimos rincones que se había resistido al electrodoméstico más popular del mundo.El monarca había decidido celebrar sus bodas de plata regalándole a sus súbditos una ventana a un mundo que les era ajeno, seguramente consciente de que con ello su reino jamás volvería a ser el mismo.

La decisión de regresar a comprobar si había sido así vino el pasado mes de diciembre. Una nota perdida en un diario de Bangkok reproducía el discurso que más lágrimas ha provocado en la historia de Bután. El rey anunciaba su abdicación en 2008, la eliminación de todos los poderes reales y la cesión de un trono meramente simbólico a su hijo, el joven de 25 años Jigme Khesar Namgyal Wangchuck. «La monarquía no es el mejor sistema de Gobierno.Tiene muchos fallos», había dicho Wangchuck abrazando un mensaje republicano que resonó en los palacios monárquicos de medio mundo.«Si el pueblo fuera afortunado, en el futuro podría tener en el trono a una persona dedicada y capaz. Por otra parte, el heredero podría ser una persona de habilidades mediocres e incluso un incapaz».

Bután, no había duda, no era ya el país que yo había conocido siete años atrás. El rey tampoco.

En el aeropuerto de Paro me espera, como si no hubiera pasado el tiempo, Namgay. Mi guía en aquel primer viaje de 1999 hizo carrera trabajando en la elaboración de los inacabados mapas de Bután. Durante años recorrió a pie las montañas del país para tratar de situar riscos, valles y aldeas de acceso imposible.El Gobierno premió su labor enviándole a Londres para formarlo como guía turístico y poco después lo empleó en la agencia turística estatal, cuando el rey Wangchuck decidió abrir el país a los primeros extranjeros a principios de los 90.

Namgay me pareció un buen ejemplo de la maravillosa inocencia de los butaneses. Recuerdo que entonces me contó que durante su viaje a Londres apenas salió de la habitación de su hotel.Había descubierto la televisión y, fascinado ante aquel aparato, pasó los días viendo guerras olvidadas que los noticiarios contaban en apenas unos segundos, siguiendo los amores rotos y reconstruidos una y otra vez por los guionistas de culebrones o contemplando situaciones para él incomprensibles como la transformación de un hombre en una mujer. «Por supuesto era un truco de magia, eso no puede existir. El mundo se terminaría», me dijo sobre su primer contacto visual con un transexual.

Pero aquel era el Namgay de ayer. El que me recibe hoy es la prueba misma de lo mucho que han cambiado las cosas. Me cuenta que tres años antes se divorció y que sus cuatro hijos viven con él. El año pasado estuvo en Tailandia de vacaciones gastándose los pocos beneficios de la agencia de viajes que lleva su nombre y que fundó tras despedirse de su trabajo gubernamental. Teléfono móvil en mano, se ha convertido en un hombre de negocios. «Nada es igual desde la llegada de la televisión», dice mientras me pone al día de las novedades.

Es probable que ni siquiera el rey Wangchuck imaginara hasta qué punto la irrupción repentina de la televisión iba a confundir a su pueblo. Las estadísticas oficiales muestran que el crimen, el alcoholismo, la violencia y los embarazos no deseados entre los adolescentes han aumentado todos los años desde su llegada.

ROBOS Y ASESINATOS

El país vive en estado de shock por el asesinato de un estudiante de 19 años a manos de una banda juvenil en la capital, Thimpu.La delincuencia sigue siendo anecdótica comparada con una gran ciudad europea, pero cada vez más padres tienen que ir a comisaría a buscar a hijos que han sido sorprendidos robando cosas que antes jamás habían deseado y que la tele ha convertido en necesarias: desde el último móvil a la camiseta de un jugador de la liga inglesa.

Cinco nuevas discotecas han abierto en Thimpu en un intento de entretener a una población extremadamente joven -el 70% de los habitantes de la capital tiene menos de 18 años- que busca acercarse al mundo distorsionado que le ofrecen las modelos de los Vigilantes de la Playa y los raperos de la MTV.

Las primeras víctimas están siendo los trajes regionales -el batín (gho) de los hombres, la falda larga (kira) de las mujeres- que todavía le dan al país ese ambiente medieval de reino anclado en el pasado. Jaudin, una joven de 18 años, asegura que no trata de ir contra las tradiciones cuando, nada más salir de casa los viernes, se cambia de ropa para reunirse con sus amigos en la discoteca Gravity. «Los vaqueros son más cómodos; las minifaldas más sexy», dice provocando la risa de sus amigas. En la pista, los adolescentes bailan alocadamente mientras algunos yacen desmayados en la esquina de los borrachos.

Namgay asegura estar preocupado por el mayor de sus hijos. Pronto pedirá permiso para sumarse a las hordas de jóvenes que salen por las noches, una actividad que ninguna otra generación de butaneses había disfrutado antes y que está provocando agrios debates en las familias. «En Bután, durante décadas, hemos usado la marihuana para alimentar a los cerdos, porque les abre el apetito y engordan», explica Namgay. «Pero ahora los jóvenes se lo fuman y están todo el día en las nubes. No quiero eso para mis hijos».

El anuncio de la abdicación del rey no podía haber llegado en peor momento para los mayores. Muchos temen que la lenta eutanasia monárquica emprendida por Wangchuck les deje sin una figura paterna que creen necesitar más que nunca entre tantos cambios. El monarca ha respondido a las preocupaciones de los suyos acelerando un proyecto que incluye el establecimiento de la jubilación de próximos reyes en los 65 años y la incorporación en la futura Constitución de un artículo que permitirá borrar la institución monárquica para siempre mediante referéndum si así lo decide el pueblo.

REY A SU PESAR

Jigme Singye Wangchuck, aún joven a sus 51 años, se marcha sin que nadie se lo haya pedido y con la devoción popular por su figura intacta. Nunca ha sido un rey como los demás. La muerte de su padre le convirtió en el todopoderoso a los 16 años y poco después abolió reglas que según él le alejaban de sus súbditos: mirar al rey a los ojos dejó de ser delito y las nueve reverencias obligadas en las audiencias fueron reducidas a una.

Wangchuck se reservó algunos privilegios -eligió como esposas a cuatro hermanas que hoy viven en cuatro palacios diferentes- y siguió con las reformas. Estableció la escolarización obligatoria, abrió el país al turismo, estrenó la televisión e internet y, más recientemente, convirtió a Bután en el primer país del mundo en prohibir totalmente el tabaco. El final del largo proceso de apertura concluirá dentro de dos años con elecciones generales y la formación de un Gobierno que, por primera vez desde la instauración de la monarquía hereditaria en 1907, no tendrá que responder ante el rey. El objetivo es llegar a lo que Wangchuck ha definido con su célebre frase, hoy cita de cabecera de los políticos, de buscar la Felicidad Nacional Bruta (FNB) en lugar del Producto Nacional Bruto (PIB).

Uno de los primeros indicios que ha llevado al Gobierno a pensar que quizá la televisión no está aportando mucho a ese original FNB ha surgido en las escuelas. Los profesores denuncian el aumento de la violencia en sus clases y las continuas peleas en las horas libres. Algunos padres llegan a sus casas del trabajo y se encuentran el salón patas arriba. «Los niños ven la lucha libre americana por televisión y luego la imitan en el colegio o en casa. No comprenden que en la televisión esos combates son una mera representación», admite Rinzi Dorji, director de la empresa de televisión por cable local Sigma. Kinley Dorji, director del único periódico local, el semanario Kuensel, describe la llegada de la televisión a Bután como un «bombardeo aéreo» sobre la identidad cultural de los butaneses.

Para un país pequeño y remoto, que se mantuvo encerrado en sí mismo durante siglos, el cambio en los valores sociales está yendo mucho más rápido de lo que sus habitantes, sobre todo los jóvenes, pueden asimilar. Nuevos salones de belleza han abierto en cada esquina de la capital prometiendo a las mujeres una figura delgada y aspecto de actriz occidental.

El director de Kuensel asegura que hasta hace poco un hombre se giraba al ver pasar a una mujer grande y fuerte, identificada por la cultura local como una madre protectora capaz de cuidar de sus hijos y de trabajar el campo. «Ahora ese tipo de mujer es considerada fea. Son las mujeres que antes eran ridiculizadas por su delgadez las que llaman la atención», explica Dorji.

El Gobierno encargó en 2003 un estudio sobre el impacto de la televisión para tratar de arbitrar en la polémica sobre sus efectos y llegó a una conclusión que deja el debate en tablas: sí, la caja tonta está deteriorando rápidamente las tradiciones y la cultura local, pero a la vez ha servido para conectar a los ciudadanos con el mundo y darles una educación global que puede ayudar a desarrollar el país.

La tele, en realidad, se ha limitado a enfrentar a los butaneses ante una encrucijada que tenía que llegar tarde o temprano y que también afecta a los habitantes de las remotas islas del Pacífico o a las tribus amazónicas. ¿Progreso o tradición? ¿Es posible lo primero sin sacrificar lo segundo? ¿Cómo?

Bután, uno de los países más pobres del mundo, atrapado entre los gigantes indio y chino y con una población un 90% rural, no tenía otra elección que aceptar el reto. Los reinos del Himalaya que no se han abierto al mundo a tiempo han sido engullidos por las potencias vecinas. Para los demás, incluidos Nepal y Bután, modernizarse ha sido una cuestión de supervivencia.

El país, pues, se ha puesto en marcha. Miles de trabajadores, la mayoría inmigrantes indios, crean la primera carretera de dos carriles de todo el reino. Decenas de nuevos edificios están en construcción en Thimpu -todos respetando escrupulosamente la construcción tradicional- y el primer centro comercial fue recientemente inaugurado en la avenida principal. Entre los hoteles que han surgido de la nada hay cinco de la cadena Amampuri, una de las más lujosas del mundo.

La economía nacional es, después de China y La India, la de mayor crecimiento de Asia con saltos anuales superiores al 6%. Thimpu sigue teniendo cierto ambiente de pueblo con sus 99.000 escasos habitantes -la única capital del mundo sin semáforos-, pero los primeros atascos han empezado a formarse en horas punta. Mi hotel, céntrico, cuenta con internet inalámbrico y, en un golpe cruel para quienes seguimos idealizando el mito de Shangri-la, nada más llegar al país recibí una llamada del periódico en mi móvil.

Mi buen guía, Namgay, no tiene estudios para realizar un gran análisis sociológico sobre Bután, pero encuentro la sabiduría de la vida en cada una de sus frases. Podría haberme ahorrado la lectura de los informes oficiales y las entrevistas con los grandes tecnócratas.

Namgay sabe que Bután no será nunca igual porque sus amigos ya no se reúnen para tomar cervezas por las tardes. La gente no se junta como antes porque todo el mundo tiene algún programa de televisión favorito que no puede perderse. Una buena conversación no puede competir con el último partido de la Liga de Campeones, menos aún con una película de Angelina Jolie.

Pero tampoco Namgay tiene ya historias increíbles con las que asombrar a sus vecinos, como cuando volvió de Londres y narró ante la sorpresa de los suyos que había visto la transformación de un hombre en una mujer. «Un truco de magia fantástico», les diría. No es tanto que la televisión haya cambiado a Namgay o a Bután, sino que les ha robado una inocencia que tenían todo el derecho a dejar atrás.

«Antes ni siquiera podíamos imaginar cómo eran las cosas lejos de estas montañas. Nada existía más allá. El rey nos dio la oportunidad de conocer el mundo a través de la televisión y ahora depende de nosotros saber aprovechar esa oportunidad», dice Namgay la noche antes de mi partida. Si para él, como para la mayoría, la abdicación de Jigme Singye Wangchuck es el cambio más difícil de aceptar es porque representa mejor que ningún otro la realidad: nada volverá a ser lo mismo.

Al dejar el Reino del Dragón del Trueno, cruzando de nuevo el Himalaya a bordo del avión de Druk Air, tratando de recuperar en mi memoria el Bután de la primera vez, vuelvo a pensar en ese rey que nunca quiso serlo. Y me pregunto si Wangchuck no trajo la televisión a su reino, abriendo una ventana al mundo exterior, para enseñar a su pueblo a vivir sin él.

CASI UN SIGLO DE REYES

Cuatro reyes han ocupado el trono de Bután desde que en 1907 se estableció la monarquía. Son, de izq. a dcha y de arriba abajo: Gongsa Ugyen Wangchuck, Jigme Wangchuck, Jigme Dorji Wangchuck y Jigme Singye Wangchuck, el rey actual, quien ya ha anunciado que abdicará en 2008.

TRAS SIETE AÑOS CON TELEVISION

La televisión llegó a Bután el 3 de abril de 1999. Prohibida hasta entonces, fue un regalo del rey por el 25 aniversario de su coronación. Siete años después, los detractores de la «caja tonta» creen que está deteriorando rápidamente las tradiciones y la cultura local: el crimen, el alcoholismo, la violencia y los embarazos no deseados han aumentado todos los años desde su llegada. Los defensores, por contra, dicen que ha contribuido al desarrollo de Bután al conectar a este reino casi medieval con el resto del mundo.


Tomado de: El Mundo.es


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