sábado, febrero 02, 2008

Uribe y el C-130 francés

Uribe y el C-130 francés
Por: Iván Márquez / Rodrigo Granda/
Fecha de publicación: 02/02/08


Ocurrió en abril del 2004. Un avión C-130 que había despegado de las adyacencias de París, aterrizaba casi furtivamente en el aeropuerto internacional de Manaus, ciudad florecida en la selva, muy cerca del punto en que el caudaloso Amazonas recibe como tributo, las aguas del río Negro. En su interior, una misión del gobierno francés que había sido engañada sin ninguna consideración por la inteligencia militar colombiana, esperaba recibir a la ex candidata presidencial, Ingrid Betancur. El rastrero ardid había sido fraguado en Bogotá por el propio Presidente Uribe que quería sabotear, a toda costa, la reunión que debían sostener en las selvas del Putumayo, Raúl Reyes de las FARC y una delegación de la cancillería francesa, la cual ya se encontraba con ese propósito en Quito, a más de 2000 kilómetros de Manaus.

Las FARC habían sugerido como condición de garantía y seguridad que no se informara de la entrevista, ni a Lucio Gutiérrez ni a Álvaro Uribe; pero los franceses resolvieron, tal vez por razones de diplomacia, comunicar al Presidente del Ecuador el motivo de su presencia en la andina ciudad de Quito. Enterado el señor Gutiérrez del proyectado encuentro entre el gobierno de Francia y las FARC, sin pérdida de tiempo pasa el informe, en primer lugar a la embajada de los Estados Unidos y luego al gobierno de Colombia.

Como era de esperarse, la noticia causa cierta agitación en el Departamento de Estado donde se asume que algo grande debía estar en curso, porque no era usual que una delegación de tan alto nivel, buscara una interlocución directa con las FARC, y así se lo hacen saber al Presidente Uribe. Éste, idea entonces un rápido plan para neutralizar y hacer abortar el encuentro: llama urgentemente a Palacio de Nariño a uno de sus agentes de confianza vinculado a la inteligencia militar que se encontraba en el Caquetá, y le asigna la misión de presentarse a la Nunciatura Apostólica, con las siguientes perversas instrucciones: informarle al señor Nuncio que las FARC iban a liberar a Ingrid Betancur. Que él (el agente) era el contacto de la guerrilla para concretar esa liberación. Que Raúl Reyes estaba gravemente enfermo de cáncer, lo que requería una urgente intervención quirúrgica para salvarle la vida. Que para el efecto el gobierno francés debía desplazar un avión hospital a Manaus (Brasil) con un equipo médico capacitado, y que además debían llevar armas para la guerrilla y una fuerte suma de dinero como parte del acuerdo para la liberación de Ingrid.

Y la trama abominable de este fraude contra la opinión, contra Francia y los familiares de Ingrid, continúa: el agente de la inteligencia militar colombiana se presenta entonces ante el mitrado romano a quien le pinta la fábula de esa liberación. Visiblemente conmocionado ante la revelación, el Nuncio se comunica con el Palacio de Nariño, ignorando que era el propio Uribe el autor de la patraña. Con la prodigiosa hipocresía que lo caracteriza, recibió Uribe en su despacho al purpurado, y sin pérdida de tiempo salta a la fase subsiguiente de su ruindad: llamar a la familia de Ingrid Betancur para escuchar su opinión y acordar un curso de acción.

La dinámica de la farsa ya tiene entonces un impulso incontenible. Todos acuerdan –Uribe y las víctimas de su engaño-, que hay que actuar pronto y con cautela. La familia Betancur se comunica con la Cancillería francesa y recaba ayuda humanitaria. Y la respuesta de Francia no se hace esperar: en pocas horas un C-130 decola con los requerimientos más importantes de la secreta misión, desde una base militar en las afueras de París, rumbo a la selva amazónica del Brasil. Paralelamente desde Bogotá Astrid Betancur, Carlos Lecompte y el “guía” timador improvisado por Uribe, despegan en un avión ejecutivo, rumbo a la ciudad de Manaus.

En consonancia con el nuevo giro de los sucesos, los delegados franceses que ya se encontraban en Quito, recibieron entonces instrucciones de París de suspender el viaje al lugar donde los esperaba el verdadero Raúl Reyes, con su salud de primavera de los 50. El contacto de las FARC que los apremiaba para dar cumplimiento al horario de salida, aduciendo que su postergación implicaba riesgos de seguridad, tanto para la guerrilla como para la delegación, tuvo que regresarse con las manos vacías.

Entre tanto, la familia Betancur, ya en Manaus, seguía con su mirada el esperado aterrizaje del C-130 francés. Éste se posó suavemente sobre la pista y lentamente se dirigió hacia un discreto lugar, donde se estacionó y apagó sus motores, pero nadie descendió de él. El misterio era total.

Entonces Lecompte y Astrid resolvieron acompañar al “guía” de Uribe, quien ahora se dirige al puerto fluvial. Allí lo esperaba una pequeña embarcación con un modesto motor fuera de borda, a la cual saltó con agilidad, prometiéndoles al despedirse, que regresaría en pocas horas con Ingrid liberada. A medida que la estela de espumas que asperjaba el motor río arriba desaparecía con la distancia, la ansiedad se apoderaba del puerto donde esperaban Astrid y el compañero de Ingrid.

Con sus ojos aferrados a la curva del río, empezaron a mirar alternativamente las manecillas del reloj. Nada. Su impaciencia era lo más parecido a esas zonas de depresión tropical que borbotan tormentas. Pero al cabo de unos minutos vieron que el guía regresaba río abajo. –Qué pasó, le preguntaron atropelladamente. Y éste, sin inmutarse, les respondió que el motor estaba fallando, que necesitaba uno nuevo, y más rápido, un 150, y además, dinero por si se presentaba algún imprevisto.

Todo lo que pidió le fue entregado. Con un nuevo motor y 3.000 dólares en sus bolsillos, el guía sacado por Uribe de la copa de su sombrero embaucador, remontó de nuevo el río, esfumándose para siempre en el mar verde de la selva amazónica de las mentiras del Presidente Uribe.

Iván Márquez/ Rodrigo Granda

Montañas de Colombia, enero 25 de 2008


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